Dracula
Arranca como un murciélago en la oscuridad, elegante, sin hacer ruido, con el sigilo de un depredador que sabe que la paciencia es parte del placer. El primer episodio de Drácula es muy Bram Stoker con un toque de perversión británica: diálogos afilados, sangre en su justa medida y un Claes Bang que entiende que el conde no es solo un monstruo, sino un aristócrata con hambre. Se pasea por el castillo con la suficiencia de quien sabe que el terror funciona mejor cuando sonríe.
El segundo episodio se mantiene firme, con el barco a Inglaterra convertido en un pequeño Diez negritos flotante con más colmillos que pistas. Todo parece ir sobre raíles. Y entonces llega el tercero.
El tercero es lo que pasa cuando alguien suelta "¿y si lo modernizamos?" en una reunión de guionistas y nadie se atreve a decir "no, gracias". Drácula se despierta en el presente, le meten en un laboratorio y el terror gótico se convierte en CSI: Transilvania. El conde pasa de ser una criatura de la noche a un señor en chándal explorando Tinder. Y el final… bueno, digamos que pocas veces un vampiro ha muerto de una forma tan vergonzosa.
No es una adaptación del libro, es una excursión por Transilvania con un guía que se lo ha leído por encima y ha decidido que mejor se lo inventa. Se pasan la novela por el forro con la misma impunidad con la que Drácula se pasa la dieta.