Superman
Superman es el amigo que nunca te falla, el abrazo que te sostiene cuando el mundo se tambalea. No es un extraterrestre ni un dios, ni siquiera un superhéroe en el sentido moderno de la palabra. Es la idea de que alguien con todo el poder del universo podría usarlo para el bien, no por obligación, sino porque quiere. Porque es lo correcto.
Cuando era niño y vi por primera vez Superman, creí que un hombre podía volar. No por los efectos especiales —que, ojo, siguen funcionando—, sino porque Christopher Reeve era Superman. Tenía la bondad en la mirada, la sonrisa honesta, la humildad que hacía que Clark Kent no fuera un chiste, sino una elección. Superman podía levantar un helicóptero con una mano y, con la misma naturalidad, sonrojarse frente a Lois Lane. Y nos lo creíamos.
Richard Donner entendió que Superman no es un héroe de acción, sino un mito. Un mito que nos susurra al oído que hacer el bien no es una debilidad, que la bondad no es ingenua, que la esperanza no es ridícula. Que podemos ser mejores. Que siempre hay alguien cuidando de nosotros.
Así que sí, Superman es un 5/5 para mí. No porque sea solo una gran película, sino porque es mi hogar. Porque cada vez que escucho la fanfarria de John Williams, vuelvo a ser el niño de 7 años al que su padre le puso un día esta película en la tele.
Y cada vez que la veo, levanto la vista al cielo y creo, una vez más, que el mundo puede ser un lugar mejor.