Trainspotting
A la hora de evaluar una película, se suele hablar de la trama, de la actuación, de la cinematografía o de los efectos especiales. Sorprendentemente, esta película no destaca especialmente en ninguno de esos apartados.
No tiene una trama notablemente compleja ni interpretaciones deslumbrantes, y desde luego no pretende impresionar al espectador con sus efectos especiales completamente anticuados hoy en día. Sin embargo, posee algo mucho más único: una identidad estética exuberante y absolutamente inconfundible.
Más allá de su desenlace —que es una completa maravilla—, la película trata con crudeza la vida de un europeo promedio durante la explosión de la heroína: el ambiente, la huida, la lucha constante contra ese mismo entorno. Pero lo que realmente define a la obra no es la historia que cuenta, sino cómo la cuenta: a través de escenas extrañas, imaginativas e incluso incómodas.
Porque, al igual que en la vida real, no se puede llegar lejos intentando parecerse a todo el mundo. Esta película lo entiende perfectamente y decide tomar otro camino: uno menos convencional, más arriesgado y completamente propio.
Y aunque no todos estén de acuerdo con ese camino, hay algo indiscutible: pertenece únicamente a esta película.