Godzilla
¡Empezamos el Godzillathon!
De verdad, me pasa lo de siempre: no tengo nada que decir que no se haya dicho mil veces. Es el problema de querer comentar alguno de estos pepinazos fílmicos cuando te gustan muchísimo y estás en sintonía con la mayoría del discurso en torno a ellos.
No es la primera película de monstruos gigantes. Diantre, tendría que comprobarlo pero juraría que tampoco es la primera kaiju eiga propiamente dicha. Pero si es una de las codificadoras del género, especialmente en su vertiente de suit-motion (¿para qué matarse a currar con miniaturas y trucos de fotografía cuando un señor disfrazado te hace el apaño?) y un clásico indiscutible cuyo legado creativo dura hasta el día de hoy.
Y que no os engañe el que sea una película de monstruo enorme causando vistosa catástrofe, o la presencia de algunos de sus elementos pseudocientíficos más fantasiosos (¡Destructor de Oxígeno!). Esto es ante todo una película de terror, una catarsis metafórica del horror de la bomba atómica encarnada en un ente casi-divino que es también personificación de la naturaleza afrentada. Estamos ante una película casi sin fisuras con sus buenas dosis de ecologismo, crítica antibelicista, drama humano que no se hace cargante y temor a un futuro incierto. ¿Qué sus efectos visuales han envejecido? Pues sí, pero la fuerza de las imágenes y de la atmosfera que las permea no ha perdido potencia.
Gojira se ganó el trono aquí, y nunca lo ha dejado desde entonces.
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