Satantango
Unos campesinos incultos que son marginados por la sociedad y por una figura a la que temen que vuelva... Eso es arte. Siete horas y media de la cada vez más distante conexión entre la comunidad y, sobre todo, desconexión con ellos mismos. La película en sí no es bonita... Y eso es lo más bonito, no sientes empatía ni tristeza, sientes resentimiento, traición y un gran desengaño. Y eso es Sátántangó, una película agotadora e hipnotizante que te sumerge en una comunidad agrícola húngara que vive en constante monotonía esperando que algo pase... Además, así se siente el espectador. Espera a que algo pase, pero, como la vida misma, no es nada bueno, y cada vez va a peor.
Las primeras escenas son de lo más extravagante que he visto: los impactantes diez primeros minutos donde se ven básicamente vacas saliendo del granero muestran el seco y frío ambiente de la Hungría postcomunista. Todo está abandonado. No encuentras sentido en lo que ves hasta que de repente sale un hombre hablando con una mujer. Luego se sabe que la mujer ha cometido adulterio, pues se limpia su vagina con el agua aparentemente limpia que había en un cuenco.
¡Maravilloso! Béla Tarr te demuestra cómo de incultos son los personajes: ella cree que tan solo lavándose sus partes va a evitar un embarazo.
Y esto, son los primeros quince minutos de Sátántangó. Son arte. La película en general es arte. El arte de la desolación, depresión, del silencio, de la crudeza de la espera, y de lo poco que compensa.
Luego aparecen más personajes, la niña que mata gatos, el doctor borracho en busca de licor... Sin embargo, hay un personaje que robó mi atención: Irimiás (el Judas de la historia).
Verás, lector de esta crítica, la película gira en torno a este personaje, él es acusado por el alcalde de un pueblo cercano del homicidio de su esposa. Tras una larga (y muy larga) charla con el alcalde, llegan al acuerdo de que se va a ir y desaparecerá, pero este personaje corrompido por la ambición y lleno de manipulación quiere visitar a sus amigos, los de la aldea agrícola, a quienes, pobrecitos, ya les robó y se fue.
Irimiás amenaza con hacer volar por los aires un bar del pueblo y es en ese entonces donde en la comunidad se difunde el rumor de que se ha visto a Irimiás y que va a venir.
Pero lo mágico es que todos están conectados, pase lo que pase. Siempre han vivido juntos y van a hacerlo hasta el fin, sea en esa granja en decadencia o en una casa abandonada. Les engañen o no.
La película en general es arte. El arte de la desolación, traición, depresión, arte del silencio, de la crudeza de la espera, y de lo poco que compensa.
Sin duda alguna, una obra monumental, y mi favorita.
Marc Molist