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Qué putísima masterpiece, no tengo más que añadir.
El discurso final para mí lo es todo. Cómo consigue hacerte ver que él mismo no puede controlarse, que quizá es más humano de lo que la película nos ha dejado creer durante toda su duración. Te obliga a replanteártelo todo y, casi sin querer, a darle una humanidad que no quieres darle al presiónale.
La a mirada de Peter Lorre es una barbaridad. Es literalmente un: “los ojos nunca mienten”: en su cara se ve la locura, el miedo y el peso insoportable que carga encima.