




La Chaqueta Metálica suele recordarse por una primera mitad prácticamente perfecta, hasta el punto de que durante años se ha repetido la idea de que la segunda nunca consigue estar a la misma altura. Después de volver a verla, me parece una crítica difícil de sostener. Lo que hace Kubrick no es dividir la película en dos historias inconexas, sino completar un mismo proceso: primero destruye al ser humano para convertirlo en una máquina de matar, y después muestra el resultado inevitable de esa transformación. La primera parte es un prodigio de puesta en escena. Cada plano, cada movimiento de cámara y cada silencio convierten el entrenamiento en una forma de tortura psicológica constante. R. Lee Ermey construye un sargento Hartman tan carismático como aterrador, mientras que Vincent D'Onofrio ofrece una interpretación devastadora, haciendo que el recluta Patoso despierte una empatía inmensa desde el primer minuto. La película nunca justifica lo que ocurre, pero tampoco necesita hacerlo. Es suficiente con observar cómo un sistema termina rompiendo por completo a una persona. Precisamente por eso la segunda mitad funciona tan bien. Kubrick abandona el cuartel para adentrarse en Vietnam, pero no convierte la película en un thriller bélico convencional. Habla del periodismo de guerra, de la propaganda, de la contradicción entre el discurso político y la realidad del frente, y lo hace alternando momentos de una comedia negrísima con algunos de los pasajes más tensos de toda su filmografía. Las entrevistas a cámara, el humor absurdo de los soldados o la continua sustitución de los mandos del pelotón (que van cayendo uno tras otro hasta dejar el liderazgo en manos de quien menos preparado está) transmiten un caos que pocas películas sobre Vietnam consiguen capturar. Visualmente sigue siendo descomunal. Resulta difícil creer que ese Vietnam devastado fuese construido en antiguos escenarios industriales de Inglaterra. La fotografía, el diseño de producción y el control absoluto del espacio convierten cada recorrido entre ruinas en una demostración de dirección. Kubrick rueda la guerra con una frialdad quirúrgica, pero nunca deja de encontrar imágenes imborrables. El desenlace termina de cerrar el círculo. Joker acaba enfrentándose a la misma deshumanización que había contemplado durante el entrenamiento. La muerte de la francotiradora, la mirada que Kubrick le dedica después del disparo y ese inolvidable plano final del pelotón avanzando entre las llamas mientras canta Mickey Mouse Club March resumen mejor que cualquier discurso el absurdo de una guerra capaz de destruir cualquier rastro de inocencia. "The dead know only one thing: it is better to be alive." No creo que sea la mejor película de Kubrick, pero entre semejante filmografía esto realmente es un halago. Sin duda es una de las mejores películas bélicas jamás rodadas. Una obra que sigue funcionando como espectáculo, como sátira, como tragedia y como reflexión sobre el propio proceso de convertir personas en armas.