

El mundo es un lugar más bello gracias a artistas como Richard Linklater, que retrata siempre con tanta belleza el arte y las relaciones humanas. Un experto contador de historias que consigue transmitirnos, en todas y cada una de sus películas, su cosmovisión de la vida. Como ya nos contó el mismísimo Ethan Hawke en múltiples ocasiones, Linklater no escribe sobre «grandes dramas»; sus tramas no giran en torno a un elemento dramático concreto. Él habla y escribe sobre lo que sabe y ha vivido. Habla de la vida misma, que ya es un motor narrativo potentísimo de por sí. Habla de cómo el amor madura y se transforma en la trilogía Before. De crecer y abandonar la inocencia de la niñez para entrar en el sórdido mundo de los adultos en *Boyhood* o* Dazed and Confused. * ¿Y qué hay más bello que eso? Adoro su cine porque me hace ver la vida desde la ternura y la nostalgia, desde el amor a la propia existencia. Y aquí lo vuelve a hacer. Se aleja un poco de sus tramas habituales (aunque no de sus formas) para homenajear al cine como pocos lo han conseguido. Una carta de amor a un puñado de franceses que amaban tanto ver cine que no pudieron hacer otra cosa que revolucionarlo. Crearon historias que, por suerte, aún resuenan en nuestros días. Gracias a aquellos jóvenes, el séptimo arte es como es. Y Linklater consigue capturar ese momento histórico desde un profundo amor y respeto. Gracias y más gracias por películas como esta. El mundo se vuelve, por un rato, un lugar más amigable.


