Resurrection
Mejor morir soñando que vivir sin poder hacerlo.
Joder. Wow. Más de un año esperando ver esta película, y ha valido cada segundo. Resurrection no solo confirma a Bi Gan como uno de los directores más fascinantes del cine actual (para mí ya lo era con sus dos primeras películas), sino que, al menos para mí, se convierte directamente en su mejor obra. Y mira que no era fácil.
La película usa la metáfora de la extinción de los sueños para referirse a la famosa frase que no se para de escuchar cada cierto tiempo de que el cine está muriendo. Es casi una superstición cíclica, cada nueva tecnología, con el streaming, cada cambio en los hábitos del espectador, cada crisis de la industria trae consigo la misma afirmación de que el cine está muriendo.
Pero Resurrection demuestra que el cine no es una forma fija, sino un organismo que muta, que se repliega y se expande, que a veces se vuelve espectáculo y otras veces susurro. Que puede ser íntimo, abstracto, sensorial, narrativo o todo a la vez.
Bi Gan lleva su ya característico realismo mágico a otro nivel, fragmentando la película en seis (o cuatro) capítulos que funcionan casi como distintas encarnaciones del propio cine. Cada segmento parece explorar una posibilidad distinta del medio.
El cuarto segmento, para mí, eleva la película a otra dimensión y desemboca en uno de los finales que más me han llegado en años.
La idea de recordar, de soñar, de aferrarse a imágenes que desaparecen para siempre al igual que los humanos pero que, de alguna forma, siguen vivas dentro de nosotros.
Porque al final, el cine nunca ha dejado de morir. Ya murió con la llegada del sonido, con la televisión, con internet, con el streaming y, sin embargo, aquí sigue. No intacto, no igual, pero sí vivo. Resucitando una y otra vez.
Mientras exista alguien con la necesidad de crear y con la capacidad de soñar el cine seguirá existiendo. Puede que las salas desaparezcan, que solo quede un espectador en todo el mundo y una sola cámara. Pero el afán de capturar la vida nunca va a desaparecer.
Bi Gan demuestra que el cine nunca va a morir del todo, porque el cine siempre resucita.
Viva el cine hostia