Rebecca
Tras su repentina y extraña muerte, Rebecca, o la Sra. de Winter, solo es un recuerdo en la memoria de quienes la conocieron, pero un recuerdo tan fuerte y tan presente que casi se siente como una aparición fantasmagórica que se rehusa a abandonar su antiguo hogar, la mansión de Manderley, y que ahora habitan Maxim de Winter, su esposo viudo, y su nueva mujer, cuyo nombre ni siquiera importa, pues Rebecca sigue siendo el centro de atención. Hitchcock nos presenta a esta nueva pareja formada por la necesidad y la soledad, no por el amor, y envenena cada escena con la sombra de Rebecca, quien está presente no solo en todos los recovecos de Manderley, sino también en la mente de su leal ama de llaves, la Sra. Danvers, una fuerza severa, casi monstruosa, que también se encargará de hacerle la vida imposible a la nueva Sra. de Winter, al considerarla infinitamente inferior en comparación a su antigua ama. Es entonces que aunque Rebecca no es un filme de terror, ni película de fantasmas, sí se siente poseído por una atmósfera sobrenatural, que atormenta a la nueva pareja, y también a la audiencia. Hitchcock logra perturbarnos gentilmente y aquí radica la genialidad de Rebecca.