
Sociólogo con maestría en teoría sociológica. Omnívoro cultural. "El ocio es revolucionario".

Después de verla por segunda vez, confirmé una idea que había surgido al ver la comparación en Internet de dos fotogramas de Oppenheimer y Odiseo en un momento de revelación donde parecen tomar conciencia de las implicaciones de sus actos: esta es la segunda película de Christopher Nolan que trata sobre cómo las acciones de un hombre, que podrían interpretarse como congruentes con su carácter y con las metas que le impone su propia civilización, terminan por realizar una síntesis pragmática de las contradicciones de su época. Sus decisiones no solo transforman su destino individual: también marcan el fin de un orden civilizatorio y, en el caso de Oppenheimer, ponen en riesgo la continuidad de la civilización humana. Oppenheimer representa el fracaso moral de la racionalidad y el fracaso de la modernidad como proyecto ideológico. Odiseo, en cambio, representa la crisis de un orden moral y teológico: el momento en que las reglas que organizaban una civilización comienzan a utilizarse contra sí mismas. Durante los sucesos del caballo de Troya no solo se ataca una ciudad. También se produce un atentado contra los valores y el orden moral que sostenían la realidad de esa civilización. Odiseo consigue la victoria utilizando las mismas reglas que estructuraban ese mundo, pero sometiéndolas mediante una lógica de la racionalidad instrumental qué me recuerda a la idea de Max Weber sobre el proceso de desencantamiento mágico del mundo y a las de Horkheimer hace referencia; así Odiseo termina utilizando las ideas para volverlas contra él orden establecido. El caballo no es únicamente una estrategia militar: es la síntesis de una contradicción. Un instrumento que promete paz y bienestar para la civilización se convierte, al ser utilizado de otra manera, en el mecanismo de su transformación y de su caída. Aquí no pude evitar pensar en el orden moral del don del que habla Marcel Mauss. El intercambio, la hospitalidad, la reciprocidad y las obligaciones compartidas no eran simples normas aisladas, sino principios que organizaban las relaciones sociales. La estrategia de Odiseo parece introducir una ruptura dentro de ese orden: utiliza sus propias reglas para producir un resultado que las transforma. Así, la caída de Troya puede leerse como una transición hacia otra época y como uno de los acontecimientos que anuncian la decadencia de la Edad del Bronce. Oppenheimer realiza un movimiento semejante, aunque mediante otro instrumento. Lleva la racionalidad instrumental hasta uno de sus límites para desarrollar una creación capaz de poner en peligro a toda la civilización. Y lo hace precisamente a través del instrumento que prometía el bienestar y el progreso de la sociedad: la ciencia. La tragedia no consiste en que Oppenheimer actúe contra los valores de su época, sino en que lleva hasta sus últimas consecuencias una lógica que su propia civilización había producido y legitimado. La estructura de Odiseo también parece ser cíclica. La traición al orden moral que Odiseo realiza en Troya no solo sentencia a una civilización; parece condenarlo también a él. No sé si por voluntad de Zeus, por la intervención de Atenea o como una forma de justicia poética, pero su destino termina obligándolo a reproducir aquella ruptura en su propio hogar. Después de haber utilizado el engaño para destruir un orden ajeno, deberá regresar y romper los códigos que organizan su propia casa. La traición que ayudó a realizar en Troya regresa transformada y lo obliga a enfrentarse con ella dentro de su mundo. A esto se suma el castigo de Poseidón. Durante su regreso, Odiseo deja ciego a Polifemo, hijo de Poseído, y convierte su viaje en una lucha contra las consecuencias de sus propias acciones. Su travesía deja de ser únicamente el camino de vuelta a casa: se transforma en una confrontación con aquello que él mismo ha puesto en movimiento. Otra de las ideas en las que sigo pensando es qué simboliza el salto de fe que Odiseo debe realizar al final para abandonar la isla de Calipso y alcanzar su hogar. Tal vez represente la entrega a una idea superior: la renuncia al deseo de controlar todas las condiciones y la aceptación de que el regreso no puede alcanzarse únicamente mediante la inteligencia, el cálculo o la estrategia. Después de haber sobrevivido gracias a su capacidad de anticipar y manipular el mundo, debe abandonar parte de ese control y confiar. Por último, todas estas ideas provienen de la adaptación de Nolan. No tengo un acercamiento “original” al relato —si es que puede hablarse de una versión original única, considerando la compleja tradición oral de los poemas homéricos—. Mi lectura nace de las decisiones de esta película: de aquello que Nolan elige mostrar, transformar, enfatizar o dejar fuera. Toda lectura implica una interpretación del texto y, con ella, una reinterpretación. Esto ocurre tanto cuando un espectador analiza una película como cuando un director adapta una obra. No veo por qué algunos podemos concedernos la libertad de reinterpretar una obra desde la crítica, agregar ideas para analizarla y permitir que otras se nos escapen porque ni siquiera las percibimos, pero después juzgamos el trabajo de Nolan únicamente por no ser históricamente preciso o por tomarse libertades frente a una tradición que, además, ha existido en múltiples versiones. No recuerdo que los dioses o los cíclopes formen parte de una reconstrucción histórica literal de la Edad del Bronce, pero nadie parece exigirle a Homero precisión histórica en ese sentido. La adaptación no tiene por qué limitarse a reproducir una versión previa: también puede elegir qué ideas potenciar, cuáles transformar y cómo relacionarlas con las preocupaciones recurrentes y la propia biografía de su autor. Sin duda, la versión de Nolan es interesante, cuanto menos. No porque sustituya a la obra de la que parte, sino porque construye una interpretación propia y encuentra en el viaje de Odiseo temas que ya atraviesan su filmografía: la racionalidad, la responsabilidad, las consecuencias de nuestras acciones, la imposibilidad de controlar todos los resultados y la forma en que los instrumentos creados para salvar un mundo también pueden transformarlo o destruirlo. **Tal vez por eso Odiseo y Oppenheimer se parecen tanto: ambos intentan servir a su civilización utilizando las herramientas que ella misma les entrega, pero terminan descubriendo que esas herramientas también contienen la posibilidad de su ruina.**

Facebook no inventó las relaciones sociales. Solo las digitalizó. Y eso bastó para transformarlas como no habían sido transformadas en siglos. Los prejuicios sociales, la hipersexualización de la cultura y los capitales sociales, culturales, simbólicos, económicos y eróticos fueron digitalizados y puestos en un muro a disposición del usuario. En ese mismo momento, sin embargo, el usuario comenzó a perder el control sobre su propia información. Lo que publicaba podía ser evaluado socialmente, reconocido como verdadero o juzgado como un intento de aparentar algo que no era. La identidad comenzó a convertirse en información: estadísticas, algoritmos y números que terminarían controlando el ritmo de las relaciones sociales. > “Explotamos una vulnerabilidad de la psicología humana”. Y eso fue suficiente. Bastó con descubrir una vulnerabilidad humana para que una red social se convirtiera en una de las empresas más poderosas del mundo y para que Mark Zuckerberg se convirtiera en el millonario más joven de la historia. Lo más irónico es que, al menos en el origen de esta historia, el dinero ni siquiera parecía ser el objetivo. Todo comenzó con algo mucho más pequeño y mucho más humano: un joven que quería humillar a una exnovia y convertir un cotilleo en una interacción digital. La historia de cómo una de las mayores transformaciones sociales del siglo XXI comenzó con algo tan antiguo como el resentimiento, el ego y el deseo de ser reconocido.

Sound of Falling me hizo pensar, para mi desgracia, en las constelaciones familiares. No porque crea en esa terapia pseudocientífica, sino porque la película parece explorar algo que esa práctica intenta explicar —aunque lo haga de manera profundamente cuestionable—: la forma en que las experiencias de una generación pueden afectar a las siguientes incluso cuando nunca son comunicadas explícitamente. Hay familias que parecen construirse alrededor de ciertos silencios. Tabúes, traumas, abusos, pérdidas y acontecimientos que no se nombran y que, precisamente por no ser nombrados, no desaparecen. Se transmiten de otra manera: en los comportamientos, en los miedos, en las relaciones y en aquello que se repite sin que quienes lo repiten conozcan necesariamente su origen. Por eso la película me hizo pensar menos en la transmisión directa de una historia y más en la transmisión de una ausencia. Lo que se hereda no siempre es un relato; a veces es precisamente aquello que nadie contó. Una familia puede transmitir una herida sin transmitir la memoria consciente de haber sido herida. Pero lo más interesante es que no siempre se repite una misma historia. A veces tampoco se repiten las acciones, las situaciones ni los acontecimientos concretos. Lo que permanece es la temática profunda del conflicto. Una generación puede enfrentarse a un problema de una manera y otra encontrarse, décadas después, en una situación completamente distinta. Sin embargo, debajo de esas diferencias puede persistir el mismo problema social, la misma herida o la misma forma de relacionarse con los demás. Como si lo que se transmitiera no fuera un guion que las siguientes generaciones están condenadas a repetir, sino una estructura de problemas que puede manifestarse de formas completamente diferentes. No se repite necesariamente la situación; se repite aquello que la situación expresa. Los individuos pueden creer que sus decisiones son completamente propias, que sus miedos les pertenecen exclusivamente a ellos o que sus relaciones comienzan desde cero. Sin embargo, pueden estar reproduciendo conflictos que nunca conocieron, respondiendo a silencios que existían antes de que nacieran. No se hereda necesariamente un guion: se reproducen condiciones, silencios y formas de relacionarse que pueden producir nuevos acontecimientos. Y quizá ahí se encuentra una de las ideas más perturbadoras de Sound of Falling. La película no parece ofrecer una explicación sencilla de estos procesos. No convierte a la familia en una especie de organismo místico que transmite mágicamente sus traumas, ni parece sugerir que todo comportamiento pueda explicarse por un acontecimiento ocurrido generaciones atrás. Su fuerza está precisamente en la ambigüedad: en mostrar cómo el pasado puede continuar presente sin que exista una transmisión consciente, explícita o plenamente comprensible. Tal vez las heridas generacionales no sean una especie de destino familiar ni un mecanismo oculto que determine nuestras vidas. Tal vez sean algo mucho más cotidiano y, por eso mismo, más difícil de escapar: aquello que aprendemos sin que nadie nos lo enseñe, aquello que repetimos porque nunca se nos explicó que podía ser de otra manera. La historia no se repite exactamente. Se transforma mientras conserva algo de su estructura. Hay cosas que una familia no dice. Pero el silencio no significa necesariamente que no se haya transmitido nada.
