Se trata de una metahistoria que reflexiona sobre las propias historias, las ideas y los únicos seres capaces de producirlas. La obra propone planteamientos sugerentes y conceptualmente potentes; sin embargo, podría objetarse que no siempre los desarrolla de manera exhaustiva. No obstante, ahí mismo radica una de sus apuestas más interesantes: en lugar de explicarlos, los desplaza al terreno de lo afectivo y los comunica como experiencia emocional (casi como si se tratase de una obra impresionista).
En ese sentido, funciona como una pieza de terror y propaganda furra, que explora una de las intuiciones más fértiles del género: "que nada resulta más inquietante que el propio interior" . Como toda obra de terror lograda, no se limita a provocar miedo, sino que habilita un espacio de confrontación con uno mismo. Personalmente, me remitió a universos como Silent Hill 2 y Alan Wake (muchísimo más si consideramos cosas y temáticas en comunes con este último: creadores de historias, lo complicado qué es ser escritor, lo trágico de ser escritor, el qué los relatos cobren vida y te torturen...) donde el horror opera menos como espectáculo y más como dispositivo de introspección.
Hoy en día se recurre con facilidad a la noción de “obra maestra” para clasificar productos culturales recientes; sin embargo, cuando verdaderamente emerge algo cercano a ello, suele pasar inadvertido. Esta obra se encuentra peligrosamente cerca de ese umbral. A ello se suma un mérito nada menor: la construcción de personajes y de un universo narrativo originales, sin apoyarse en adaptaciones literarias ni en la explotación reiterada del folclor mexicano, lo que resulta aún más significativo tratándose de una película mexicana realizada en stop motion con escenas musicales.
Se trata de una metahistoria que reflexiona sobre las propias historias, las ideas y los únicos seres capaces de producirlas. La obra propone planteamientos sugerentes y conceptualmente potentes; sin embargo, podría objetarse que no siempre los desarrolla de manera exhaustiva. No obstante, ahí mismo radica una de sus apuestas más interesantes: en lugar de explicarlos, los desplaza al terreno de lo afectivo y los comunica como experiencia emocional (casi como si se tratase de una obra impresionista).
En ese sentido, funciona como una pieza de terror y propaganda furra, que explora una de las intuiciones más fértiles del género: "que nada resulta más inquietante que el propio interior" . Como toda obra de terror lograda, no se limita a provocar miedo, sino que habilita un espacio de confrontación con uno mismo. Personalmente, me remitió a universos como Silent Hill 2 y Alan Wake (muchísimo más si consideramos cosas y temáticas en comunes con este último: creadores de historias, lo complicado qué es ser escritor, lo trágico de ser escritor, el qué los relatos cobren vida y te torturen...) donde el horror opera menos como espectáculo y más como dispositivo de introspección.
Hoy en día se recurre con facilidad a la noción de “obra maestra” para clasificar productos culturales recientes; sin embargo, cuando verdaderamente emerge algo cercano a ello, suele pasar inadvertido. Esta obra se encuentra peligrosamente cerca de ese umbral. A ello se suma un mérito nada menor: la construcción de personajes y de un universo narrativo originales, sin apoyarse en adaptaciones literarias ni en la explotación reiterada del folclor mexicano, lo que resulta aún más significativo tratándose de una película mexicana realizada en stop motion con escenas musicales.