Hablaré sólo de la primera parte, ya que no creo que me alcance el espacio siquiera para hablar de ambas
Me pareció un poco chocante el final de la primera parte y la idea de confesar y expiar los pecados para finalmente ser “limpia”… todo esto para que al final, muera. Sé que esa muerte no es literal: es una metáfora de un entorno donde no se le permite renacer realmente. Limpiarse nunca es suficiente cuando lo que te rodea sigue oprimiéndote. El perfeccionismo extremo y la presión moral parecen estar detrás de esa imposibilidad.
También está la redención como castigo: pagar, borrarse, limpiarse, cambiar, para volver a tener valor. Para volver a merecer. ¿Cómo diferenciar la redención como crecimiento de la redención como castigo? Cuando el cambio viene de la culpa, deja de ser crecimiento.
Esto me recuerda la conversación constante sobre tener una conciencia limpia, sobre la importancia del arrepentimiento… pero ¿hasta qué punto la búsqueda de expiación se vuelve una acción para beneficio propio? ¿Qué traza la línea entre una redención con ese propósito y una redención que busca una vida plena? O, en este caso, terminar una vida sin arrepentimientos.
El ser humano siempre quiere cambiar; casi nunca estamos conformes. Vivimos persiguiendo nuestra “mejor versión”. Retrasamos metas, deseos, experiencias, esperando el momento indicado. “No me pondré esto hasta que baje de peso”. “No le hablaré a esa persona hasta que me vea mejor”. “Cuando por fin compre X cosa podré comenzar”. A quienes no quieren moverse se les llama mediocres, como si encontrar una zona de confort fuera algo vergonzoso. ¿De verdad uno tiene que vivir incomodándose todo el tiempo? El crecimiento personal es necesario, sí, pero ¿hasta qué punto el discurso de expiarse, perdonarse, empezar de cero, borrarse, mejorar sin parar, termina afectando la manera en que vivimos?
La escena del baño, cuando la cerda se transforma en humana, me dejó con un nudo en el estómago. Su reflexión ahí adentro me revuelve: “El corazón es bastante extraño. Cuando eres una cerda no lo sabes, pero cuando eres humana te inundan las preocupaciones”. Después se pregunta qué es el pecado. Y concluye que tal vez sea el corazón. Pero si es el corazón, ¿cómo puede provenir de su propio corazón? Entonces, ¿qué es el corazón?
No encuentro tal vez las palabras adecuadas para describir el impacto de ese diálogo. Siento que aún me falta aprender para poder explicar correctamente lo que entiendo. Ese deseo obsesivo de pureza, ese estar atrapada entre la culpa y la presión, es devastador. Mata.
Otro diálogo me marcó: el que decía que Dios solo tiene sentido si existe el pecado. Que los seres sin pecado no pueden conocer a Dios porque no lo necesitan. ¿Es la búsqueda de la perfección lo que realmente nos aleja de Él?
¿Será la redención una parte esencial del ser humano?
Hablaré sólo de la primera parte, ya que no creo que me alcance el espacio siquiera para hablar de ambas
Me pareció un poco chocante el final de la primera parte y la idea de confesar y expiar los pecados para finalmente ser “limpia”… todo esto para que al final, muera. Sé que esa muerte no es literal: es una metáfora de un entorno donde no se le permite renacer realmente. Limpiarse nunca es suficiente cuando lo que te rodea sigue oprimiéndote. El perfeccionismo extremo y la presión moral parecen estar detrás de esa imposibilidad.
También está la redención como castigo: pagar, borrarse, limpiarse, cambiar, para volver a tener valor. Para volver a merecer. ¿Cómo diferenciar la redención como crecimiento de la redención como castigo? Cuando el cambio viene de la culpa, deja de ser crecimiento.
Esto me recuerda la conversación constante sobre tener una conciencia limpia, sobre la importancia del arrepentimiento… pero ¿hasta qué punto la búsqueda de expiación se vuelve una acción para beneficio propio? ¿Qué traza la línea entre una redención con ese propósito y una redención que busca una vida plena? O, en este caso, terminar una vida sin arrepentimientos.
El ser humano siempre quiere cambiar; casi nunca estamos conformes. Vivimos persiguiendo nuestra “mejor versión”. Retrasamos metas, deseos, experiencias, esperando el momento indicado. “No me pondré esto hasta que baje de peso”. “No le hablaré a esa persona hasta que me vea mejor”. “Cuando por fin compre X cosa podré comenzar”. A quienes no quieren moverse se les llama mediocres, como si encontrar una zona de confort fuera algo vergonzoso. ¿De verdad uno tiene que vivir incomodándose todo el tiempo? El crecimiento personal es necesario, sí, pero ¿hasta qué punto el discurso de expiarse, perdonarse, empezar de cero, borrarse, mejorar sin parar, termina afectando la manera en que vivimos?
La escena del baño, cuando la cerda se transforma en humana, me dejó con un nudo en el estómago. Su reflexión ahí adentro me revuelve: “El corazón es bastante extraño. Cuando eres una cerda no lo sabes, pero cuando eres humana te inundan las preocupaciones”. Después se pregunta qué es el pecado. Y concluye que tal vez sea el corazón. Pero si es el corazón, ¿cómo puede provenir de su propio corazón? Entonces, ¿qué es el corazón?
No encuentro tal vez las palabras adecuadas para describir el impacto de ese diálogo. Siento que aún me falta aprender para poder explicar correctamente lo que entiendo. Ese deseo obsesivo de pureza, ese estar atrapada entre la culpa y la presión, es devastador. Mata.
Otro diálogo me marcó: el que decía que Dios solo tiene sentido si existe el pecado. Que los seres sin pecado no pueden conocer a Dios porque no lo necesitan. ¿Es la búsqueda de la perfección lo que realmente nos aleja de Él?
¿Será la redención una parte esencial del ser humano?