Similar al tacto de una enfermera, Sarah Friendland conduce con mucha delicadeza al espectador en el viaje hacia esta nueva etapa de vida que atraviesa nuestra protagonista.
Su cámara es paciente y revela todo a su debido tiempo; como recorrer un nuevo pasillo rumbo a tu habitación, familiarizarse con el diseño a primer vistazo es fácil. La magia recae en los estrechos espacios que revelan las puertas semiabiertas que cruzamos: los recuerdos de una época pasada impulsados por la conciencia física de Ruth en el agua, o el cambio de ritmo, mediante un montaje más fragmentado, que asimila la nueva manera en la que Ruth experimenta el pasar de los días.
Similar al tacto de una enfermera, Sarah Friendland conduce con mucha delicadeza al espectador en el viaje hacia esta nueva etapa de vida que atraviesa nuestra protagonista.
Su cámara es paciente y revela todo a su debido tiempo; como recorrer un nuevo pasillo rumbo a tu habitación, familiarizarse con el diseño a primer vistazo es fácil. La magia recae en los estrechos espacios que revelan las puertas semiabiertas que cruzamos: los recuerdos de una época pasada impulsados por la conciencia física de Ruth en el agua, o el cambio de ritmo, mediante un montaje más fragmentado, que asimila la nueva manera en la que Ruth experimenta el pasar de los días.