Después de tres dias sobre un pupitre, con los ojos vidriosos y el cuerpo a medio descomponer, los soldados dejaron entrar al aula de clases a los habitantes del pueblo de La Higuera.
En vez del monstruo que tanto les relataban, se encontraron con un hombre tan flaco que se le veian los huesos, con una melena hasta los hombros, que adornaba su cabeza como un halo.
Sus ojos miraban fijamente al cielo, con esa intensidad fulgurante que no le pudieron quitar cuando le quitaron la vida.Poco a poco, los campesinos de la Higuera fueron saliendo con lágrimas en los ojos. Habían presenciado un milagro. Rezaron por él. Después de tres días, ese hombre había renacido. El guerrillero seguía vivo. El revolucionario seguía vivo.
A ese hombre, que había muerto por su patria, la de toda América, los campesinos bolivianos, mientras lloraban y se lamentaban por él, le llamaron San Ernesto de la Higuera.
Hasta siempre, comandante.
Después de tres dias sobre un pupitre, con los ojos vidriosos y el cuerpo a medio descomponer, los soldados dejaron entrar al aula de clases a los habitantes del pueblo de La Higuera.
En vez del monstruo que tanto les relataban, se encontraron con un hombre tan flaco que se le veian los huesos, con una melena hasta los hombros, que adornaba su cabeza como un halo.
Sus ojos miraban fijamente al cielo, con esa intensidad fulgurante que no le pudieron quitar cuando le quitaron la vida.Poco a poco, los campesinos de la Higuera fueron saliendo con lágrimas en los ojos. Habían presenciado un milagro. Rezaron por él. Después de tres días, ese hombre había renacido. El guerrillero seguía vivo. El revolucionario seguía vivo.
A ese hombre, que había muerto por su patria, la de toda América, los campesinos bolivianos, mientras lloraban y se lamentaban por él, le llamaron San Ernesto de la Higuera.
Hasta siempre, comandante.