Dos Disparos, de Martín Rejtman, tiene algo muy particular: empieza con un gesto que en cualquier otra película sería devastador —un adolescente que se dispara dos veces— y decide no convertirlo en un drama pesado ni en un estudio psicológico solemne. Rejtman hace exactamente lo contrario. Toma ese punto de partida brutal y lo deja flotar dentro de un mundo donde las cosas siguen ocurriendo con una calma extraña, casi absurda.
Esa decisión define todo el tono de la película. En lugar de empujar la historia hacia la tragedia, el film se mueve hacia un territorio mucho más raro, donde los personajes parecen aceptar lo inexplicable con una naturalidad desconcertante. No hay grandes estallidos emocionales ni confrontaciones melodramáticas. Lo que hay son conversaciones incómodas, silencios largos, decisiones inesperadas y una sensación constante de que nadie sabe muy bien qué hacer con lo que pasó.
Rejtman trabaja mucho con esa idea de desajuste. Sus personajes siempre parecen estar medio desplazados del momento que están viviendo. Hablan con una frialdad curiosa, reaccionan tarde o de forma lateral, como si estuvieran mirando la realidad desde un pequeño ángulo torcido. Y justamente ahí aparece el humor tan particular de la película: no es un humor de chistes, sino de situaciones raras que se desarrollan con total seriedad.
También hay algo muy interesante en la manera en que la película se niega a organizarse alrededor de un conflicto central claro. La historia se dispersa, aparecen nuevos personajes, viajes inesperados, relaciones que empiezan y se enfrían sin demasiado drama. En manos de otro director eso podría sentirse caótico, pero Rejtman lo maneja con una precisión sorprendente. Cada escena parece simple, incluso casual, pero el ritmo general está muy bien calibrado.
La puesta en escena acompaña perfectamente esa lógica. No hay movimientos de cámara ostentosos ni una fotografía que busque llamar la atención. Los encuadres son limpios, tranquilos, casi austeros. Esa sobriedad hace que todo dependa del timing de las escenas y de la forma en que los personajes ocupan el espacio. Es un estilo muy controlado que termina reforzando la sensación de extrañeza que atraviesa toda la película.
Lo interesante es que, a pesar de lo seca y distante que puede parecer en la superficie, la película tiene una mirada muy aguda sobre el comportamiento humano. Rejtman entiende muy bien lo absurdo que puede ser el modo en que las personas procesan eventos importantes. A veces lo realmente extraño no es lo que ocurre, sino la forma en que seguimos adelante después.
Por eso Dos Disparos termina siendo una experiencia bastante singular. No es una película que busque impactar con grandes momentos dramáticos ni con conclusiones contundentes. Su fuerza está en la manera en que construye un mundo donde lo absurdo y lo cotidiano conviven con total naturalidad. Y dentro de ese universo tan peculiar, la película se sostiene con una seguridad admirable, moviéndose siempre con su propio ritmo y su propia lógica.
Dos Disparos, de Martín Rejtman, tiene algo muy particular: empieza con un gesto que en cualquier otra película sería devastador —un adolescente que se dispara dos veces— y decide no convertirlo en un drama pesado ni en un estudio psicológico solemne. Rejtman hace exactamente lo contrario. Toma ese punto de partida brutal y lo deja flotar dentro de un mundo donde las cosas siguen ocurriendo con una calma extraña, casi absurda.
Esa decisión define todo el tono de la película. En lugar de empujar la historia hacia la tragedia, el film se mueve hacia un territorio mucho más raro, donde los personajes parecen aceptar lo inexplicable con una naturalidad desconcertante. No hay grandes estallidos emocionales ni confrontaciones melodramáticas. Lo que hay son conversaciones incómodas, silencios largos, decisiones inesperadas y una sensación constante de que nadie sabe muy bien qué hacer con lo que pasó.
Rejtman trabaja mucho con esa idea de desajuste. Sus personajes siempre parecen estar medio desplazados del momento que están viviendo. Hablan con una frialdad curiosa, reaccionan tarde o de forma lateral, como si estuvieran mirando la realidad desde un pequeño ángulo torcido. Y justamente ahí aparece el humor tan particular de la película: no es un humor de chistes, sino de situaciones raras que se desarrollan con total seriedad.
También hay algo muy interesante en la manera en que la película se niega a organizarse alrededor de un conflicto central claro. La historia se dispersa, aparecen nuevos personajes, viajes inesperados, relaciones que empiezan y se enfrían sin demasiado drama. En manos de otro director eso podría sentirse caótico, pero Rejtman lo maneja con una precisión sorprendente. Cada escena parece simple, incluso casual, pero el ritmo general está muy bien calibrado.
La puesta en escena acompaña perfectamente esa lógica. No hay movimientos de cámara ostentosos ni una fotografía que busque llamar la atención. Los encuadres son limpios, tranquilos, casi austeros. Esa sobriedad hace que todo dependa del timing de las escenas y de la forma en que los personajes ocupan el espacio. Es un estilo muy controlado que termina reforzando la sensación de extrañeza que atraviesa toda la película.
Lo interesante es que, a pesar de lo seca y distante que puede parecer en la superficie, la película tiene una mirada muy aguda sobre el comportamiento humano. Rejtman entiende muy bien lo absurdo que puede ser el modo en que las personas procesan eventos importantes. A veces lo realmente extraño no es lo que ocurre, sino la forma en que seguimos adelante después.
Por eso Dos Disparos termina siendo una experiencia bastante singular. No es una película que busque impactar con grandes momentos dramáticos ni con conclusiones contundentes. Su fuerza está en la manera en que construye un mundo donde lo absurdo y lo cotidiano conviven con total naturalidad. Y dentro de ese universo tan peculiar, la película se sostiene con una seguridad admirable, moviéndose siempre con su propio ritmo y su propia lógica.