

2004·Drama·1h 43m
7.1
★


Isabel Jimenez is a teenager witnessing a horrible feud between her own family and the Fuentes family, a feud involving broken hearts, property disputes and a mysterious fire that destroyed the Fuentes house. Isabel's uncle is murdered by Jeronimo Fuentes, who later tries to stab her father. After Jeronimo dies in jail, Isabel must look outside of her family for the truth, learning from the village idiot that her father may have set fire to the Fuentes home.
Directed by Carlos Saura

Trailer

IMDB
N/A
Cast

Juan Diego
Antonio

José Luis Gómez
Emilio

José Garcia
José

Victoria Abril
Luciana

Yohana Cobo
Isabel

Eulalia Ramón
Carmen

Ramon Fontserè
Jerónimo

Carlos Hipólito
Tonto

Oriol Vila
Chino

Juan Sanz
Amadeo

Ana Wagener
Ángela

Elia Galera
Clara
Crew

Carlos Saura
Director

Roque Baños
Original Music Composer

Julia Juániz
Editor

François Lartigue
Director of Photography

Andrés Vicente Gómez
Producer

Alfonso Pino
Sound Re-Recording Mixer

Martha Marín
Hairstylist

Eva Leira
Casting

Sergio Francisco
First Assistant Director

Reyes Abades
Special Effects

Antonio 'Mármol' Rodríguez
Sound Recordist

Yolanda Serrano
Casting Assistant
Popular Reviews
10 reviews
richardMH_14PRO
10.0★ · 02/06/26

Saura vuelve a explorar la España rural y la violencia, tal y como hizo en "La Caza" aunque con otro enfoque más relacionado con la guerra civil española, solo que aquí la tragedia golpea con una intensidad mucho más profunda. La película construye su tensión a partir de los silencios, de los rencores heredados y de la violencia que hierve bajo la superficie de un pueblo donde todo el mundo se conoce y nada se olvida.
Lo que más me fascina es cómo logra que las escenas cotidianas como las fiestas de pueblo, los bailes o la vida familiar se transformen en un contrapunto que amplifica la devastación final. Es un ejercicio brutal de empatía y de reconocimiento cultural: las casas, los gestos, los paisajes… todo resuena como algo que podría pasar, y eso lo hace mucho más potente.
La violencia que muestra Saura no es gratuita ni espectacular. Está imbuida de historia, de motivos que van mucho más allá de un arrebato momentáneo. Cada gesto, cada acción tiene un peso que conecta con generaciones de odio, heridas y frustraciones. Y es por eso que Saura consigue que el final golpee con la fuerza de lo que realmente importa: la tragedia de lo humano, la destrucción de vidas y familias, la huella imborrable de la maldad y la injusticia.
"El Séptimo Día" es un cine que te atraviesa, tanto por la dirección impecable, por la construcción de sus personajes y por esa forma de retratar la violencia como algo que duele, que pesa y que permanece. Para mí, una obra maestra indiscutible del cine español, y probablemente la película de Saura que más me ha impactado.
Lo que más me fascina es cómo logra que las escenas cotidianas como las fiestas de pueblo, los bailes o la vida familiar se transformen en un contrapunto que amplifica la devastación final. Es un ejercicio brutal de empatía y de reconocimiento cultural: las casas, los gestos, los paisajes… todo resuena como algo que podría pasar, y eso lo hace mucho más potente.
La violencia que muestra Saura no es gratuita ni espectacular. Está imbuida de historia, de motivos que van mucho más allá de un arrebato momentáneo. Cada gesto, cada acción tiene un peso que conecta con generaciones de odio, heridas y frustraciones. Y es por eso que Saura consigue que el final golpee con la fuerza de lo que realmente importa: la tragedia de lo humano, la destrucción de vidas y familias, la huella imborrable de la maldad y la injusticia.
"El Séptimo Día" es un cine que te atraviesa, tanto por la dirección impecable, por la construcción de sus personajes y por esa forma de retratar la violencia como algo que duele, que pesa y que permanece. Para mí, una obra maestra indiscutible del cine español, y probablemente la película de Saura que más me ha impactado.
Saura vuelve a explorar la España rural y la violencia, tal y como hizo en "La Caza" aunque con otro enfoque más relacionado con la guerra civil española, solo que aquí la tragedia golpea con una intensidad mucho más profunda. La película construye su tensión a partir de los silencios, de los rencores heredados y de la violencia que hierve bajo la superficie de un pueblo donde todo el mundo se conoce y nada se olvida.
Lo que más me fascina es cómo logra que las escenas cotidianas como las fiestas de pueblo, los bailes o la vida familiar se transformen en un contrapunto que amplifica la devastación final. Es un ejercicio brutal de empatía y de reconocimiento cultural: las casas, los gestos, los paisajes… todo resuena como algo que podría pasar, y eso lo hace mucho más potente.
La violencia que muestra Saura no es gratuita ni espectacular. Está imbuida de historia, de motivos que van mucho más allá de un arrebato momentáneo. Cada gesto, cada acción tiene un peso que conecta con generaciones de odio, heridas y frustraciones. Y es por eso que Saura consigue que el final golpee con la fuerza de lo que realmente importa: la tragedia de lo humano, la destrucción de vidas y familias, la huella imborrable de la maldad y la injusticia.
"El Séptimo Día" es un cine que te atraviesa, tanto por la dirección impecable, por la construcción de sus personajes y por esa forma de retratar la violencia como algo que duele, que pesa y que permanece. Para mí, una obra maestra indiscutible del cine español, y probablemente la película de Saura que más me ha impactado.
Lo que más me fascina es cómo logra que las escenas cotidianas como las fiestas de pueblo, los bailes o la vida familiar se transformen en un contrapunto que amplifica la devastación final. Es un ejercicio brutal de empatía y de reconocimiento cultural: las casas, los gestos, los paisajes… todo resuena como algo que podría pasar, y eso lo hace mucho más potente.
La violencia que muestra Saura no es gratuita ni espectacular. Está imbuida de historia, de motivos que van mucho más allá de un arrebato momentáneo. Cada gesto, cada acción tiene un peso que conecta con generaciones de odio, heridas y frustraciones. Y es por eso que Saura consigue que el final golpee con la fuerza de lo que realmente importa: la tragedia de lo humano, la destrucción de vidas y familias, la huella imborrable de la maldad y la injusticia.
"El Séptimo Día" es un cine que te atraviesa, tanto por la dirección impecable, por la construcción de sus personajes y por esa forma de retratar la violencia como algo que duele, que pesa y que permanece. Para mí, una obra maestra indiscutible del cine español, y probablemente la película de Saura que más me ha impactado.
cabuxaPRO
6.0★ · 11/06/25

la presión de vivir en un pueblo pequeño y años de rencillas e inquina manifestándose como alucinaciones y trastornos psíquicos ??? carlos saura rey
la presión de vivir en un pueblo pequeño y años de rencillas e inquina manifestándose como alucinaciones y trastornos psíquicos ??? carlos saura rey
ManuPRO
8.0★ · 04/10/25

No hay espectáculo, no hay redención. Solo odio. Sordo, enquistado, heredado.
Y Saura lo filma con una frialdad brutal que corta más que cualquier explosión de violencia.
No hay mayor tragedia que vivir atrapado en un ciclo de rencores que no empezó contigo, pero que te traga igual. Aquí no hay víctimas inocentes ni culpables claros, solo un pueblo entero marchito.
El peso de los silencios, los planos cerrados que asfixian, los rostros castigados por la vida... todo suma en esta disección de la España rural de los 2000, moderna solo por fuera. Dentro: mentalidad estancada, costumbres rancias, odios enquistados. No es solo un drama: es una elegía seca a lo que pasa cuando la memoria no sana, sino que se pudre.
La violencia aquí no se muestra: se contiene. La matanza central es una lección de cine en sí misma. Nada de morbo, nada de efectismo: la cámara no se mueve, no subraya, no juzga. Solo deja que ocurra. Y ahí estás tú, incómodo, mirando.
Juan Diego, Victoria Abril y el resto del elenco hacen un trabajo tremendo. No actúan: son esa gente. Cada mirada, cada gesto, pesa más que mil líneas de guion.
Y mientras tanto, verbenas, trajes, música española: una banda sonora que no alivia, solo recuerda. Un país que sigue cantando mientras se desangra por dentro.
Comparado con La caza (1966), Peppermint Frappé (1967) o El jardín de las delicias (1970), aquí Saura abandona la metáfora para disparar a quemarropa. No hay símbolos, hay cadáveres. Y una adolescente testigo que narra con una distancia inquietante, casi poética, como si supiera que todo esto ya estaba escrito.
Un peliculón incómodo, seco, demoledor.
Y qué bonito el cine español cuando no busca gustar, sino decir algo.
Y Saura lo filma con una frialdad brutal que corta más que cualquier explosión de violencia.
No hay mayor tragedia que vivir atrapado en un ciclo de rencores que no empezó contigo, pero que te traga igual. Aquí no hay víctimas inocentes ni culpables claros, solo un pueblo entero marchito.
El peso de los silencios, los planos cerrados que asfixian, los rostros castigados por la vida... todo suma en esta disección de la España rural de los 2000, moderna solo por fuera. Dentro: mentalidad estancada, costumbres rancias, odios enquistados. No es solo un drama: es una elegía seca a lo que pasa cuando la memoria no sana, sino que se pudre.
La violencia aquí no se muestra: se contiene. La matanza central es una lección de cine en sí misma. Nada de morbo, nada de efectismo: la cámara no se mueve, no subraya, no juzga. Solo deja que ocurra. Y ahí estás tú, incómodo, mirando.
Juan Diego, Victoria Abril y el resto del elenco hacen un trabajo tremendo. No actúan: son esa gente. Cada mirada, cada gesto, pesa más que mil líneas de guion.
Y mientras tanto, verbenas, trajes, música española: una banda sonora que no alivia, solo recuerda. Un país que sigue cantando mientras se desangra por dentro.
Comparado con La caza (1966), Peppermint Frappé (1967) o El jardín de las delicias (1970), aquí Saura abandona la metáfora para disparar a quemarropa. No hay símbolos, hay cadáveres. Y una adolescente testigo que narra con una distancia inquietante, casi poética, como si supiera que todo esto ya estaba escrito.
Un peliculón incómodo, seco, demoledor.
Y qué bonito el cine español cuando no busca gustar, sino decir algo.
No hay espectáculo, no hay redención. Solo odio. Sordo, enquistado, heredado.
Y Saura lo filma con una frialdad brutal que corta más que cualquier explosión de violencia.
No hay mayor tragedia que vivir atrapado en un ciclo de rencores que no empezó contigo, pero que te traga igual. Aquí no hay víctimas inocentes ni culpables claros, solo un pueblo entero marchito.
El peso de los silencios, los planos cerrados que asfixian, los rostros castigados por la vida... todo suma en esta disección de la España rural de los 2000, moderna solo por fuera. Dentro: mentalidad estancada, costumbres rancias, odios enquistados. No es solo un drama: es una elegía seca a lo que pasa cuando la memoria no sana, sino que se pudre.
La violencia aquí no se muestra: se contiene. La matanza central es una lección de cine en sí misma. Nada de morbo, nada de efectismo: la cámara no se mueve, no subraya, no juzga. Solo deja que ocurra. Y ahí estás tú, incómodo, mirando.
Juan Diego, Victoria Abril y el resto del elenco hacen un trabajo tremendo. No actúan: son esa gente. Cada mirada, cada gesto, pesa más que mil líneas de guion.
Y mientras tanto, verbenas, trajes, música española: una banda sonora que no alivia, solo recuerda. Un país que sigue cantando mientras se desangra por dentro.
Comparado con La caza (1966), Peppermint Frappé (1967) o El jardín de las delicias (1970), aquí Saura abandona la metáfora para disparar a quemarropa. No hay símbolos, hay cadáveres. Y una adolescente testigo que narra con una distancia inquietante, casi poética, como si supiera que todo esto ya estaba escrito.
Un peliculón incómodo, seco, demoledor.
Y qué bonito el cine español cuando no busca gustar, sino decir algo.
Y Saura lo filma con una frialdad brutal que corta más que cualquier explosión de violencia.
No hay mayor tragedia que vivir atrapado en un ciclo de rencores que no empezó contigo, pero que te traga igual. Aquí no hay víctimas inocentes ni culpables claros, solo un pueblo entero marchito.
El peso de los silencios, los planos cerrados que asfixian, los rostros castigados por la vida... todo suma en esta disección de la España rural de los 2000, moderna solo por fuera. Dentro: mentalidad estancada, costumbres rancias, odios enquistados. No es solo un drama: es una elegía seca a lo que pasa cuando la memoria no sana, sino que se pudre.
La violencia aquí no se muestra: se contiene. La matanza central es una lección de cine en sí misma. Nada de morbo, nada de efectismo: la cámara no se mueve, no subraya, no juzga. Solo deja que ocurra. Y ahí estás tú, incómodo, mirando.
Juan Diego, Victoria Abril y el resto del elenco hacen un trabajo tremendo. No actúan: son esa gente. Cada mirada, cada gesto, pesa más que mil líneas de guion.
Y mientras tanto, verbenas, trajes, música española: una banda sonora que no alivia, solo recuerda. Un país que sigue cantando mientras se desangra por dentro.
Comparado con La caza (1966), Peppermint Frappé (1967) o El jardín de las delicias (1970), aquí Saura abandona la metáfora para disparar a quemarropa. No hay símbolos, hay cadáveres. Y una adolescente testigo que narra con una distancia inquietante, casi poética, como si supiera que todo esto ya estaba escrito.
Un peliculón incómodo, seco, demoledor.
Y qué bonito el cine español cuando no busca gustar, sino decir algo.
Sanches
8.0★ · 07/10/26

Catherine starks
6.0★ · 07/04/26
