Zama (2017) es una experiencia cinematográfica de una rareza y una potencia extraordinarias. Lucrecia Martel construye una película que no se limita a narrar una historia, sino que sumerge al espectador en un estado mental, en una espera interminable, en una sensación de desgaste existencial que se vuelve casi física. Es cine de una inteligencia radical, de una sensibilidad única, y de una precisión formal que la coloca entre las grandes obras del cine contemporáneo.
La historia sigue a Diego de Zama, un funcionario colonial español destinado en una región periférica del imperio, atrapado en una espera eterna por un traslado que nunca llega. Pero Zama no se interesa realmente por la progresión clásica del relato. La película se construye desde la dilación, desde el estancamiento, desde la frustración constante. Cada día que pasa es una repetición mínima del anterior, y en esa repetición se va erosionando la identidad del protagonista. Martel convierte la burocracia, el tiempo y la distancia en fuerzas opresivas, casi metafísicas.
La dirección es absolutamente magistral. Martel trabaja con una conciencia total del encuadre y del fuera de campo, haciendo que el mundo parezca siempre más grande, más caótico y más hostil de lo que vemos. La cámara observa, pero nunca se vuelve cómoda; se mantiene ligeramente desalineada, inquieta, como si algo siempre estuviera fuera de lugar. Esta decisión formal refuerza la sensación de desajuste permanente que vive Zama. El espectador no solo entiende su incomodidad: la comparte.
La cinematografía es hipnótica y profundamente singular. Lejos de cualquier exotismo colonial tradicional, Zama presenta paisajes opresivos, cuerpos sudorosos, colores terrosos que parecen absorber la energía vital. La luz es dura, a veces incómoda, y los encuadres evitan la grandilocuencia para centrarse en lo absurdo y lo degradado. Hay planos que se sienten casi táctiles, donde el calor, el polvo y la humedad parecen atravesar la pantalla. Es una fotografía que no embellece: revela.
Uno de los aspectos más brillantes de la película es su diseño sonoro, que funciona como una segunda capa narrativa. Voces que llegan desde fuera de cuadro, ruidos de animales, murmullos, sonidos naturales que irrumpen constantemente y desestabilizan la escena. Martel utiliza el sonido como herramienta de desorientación, reforzando la idea de un mundo que nunca termina de volverse comprensible ni controlable. El protagonista está rodeado de vida, pero completamente aislado.
La actuación de Daniel Giménez Cacho es extraordinaria. Su Zama es orgulloso, patético, tenso, cada vez más quebrado. La película registra con una precisión dolorosa su degradación física y espiritual. No hay grandes explosiones emocionales; hay una acumulación lenta de humillación, de espera inútil, de deseo frustrado. El cuerpo del actor se convierte en el verdadero campo de batalla del film.
Desde una perspectiva filosófica, Zama es una reflexión profunda sobre el colonialismo, la identidad y la ilusión de control. Martel desmonta la fantasía del poder imperial mostrando su costado más ridículo y cruel. Zama cree pertenecer a un sistema que lo ha olvidado por completo. Su espera no es solo administrativa: es existencial. La película sugiere que el poder colonial no solo oprime a los otros, sino que también devora a quienes creen ejercerlo.
Zama es una película de una valentía artística enorme. No busca agradar, no explica, no acelera. Exige atención, paciencia y sensibilidad. A cambio, ofrece una de las experiencias más ricas, inquietantes y profundamente cinematográficas del cine reciente. Es una obra que confirma a Lucrecia Martel como una autora fundamental, capaz de transformar la historia, el tiempo y el cuerpo en materia puramente cinematográfica.
Zama (2017) es una experiencia cinematográfica de una rareza y una potencia extraordinarias. Lucrecia Martel construye una película que no se limita a narrar una historia, sino que sumerge al espectador en un estado mental, en una espera interminable, en una sensación de desgaste existencial que se vuelve casi física. Es cine de una inteligencia radical, de una sensibilidad única, y de una precisión formal que la coloca entre las grandes obras del cine contemporáneo.
La historia sigue a Diego de Zama, un funcionario colonial español destinado en una región periférica del imperio, atrapado en una espera eterna por un traslado que nunca llega. Pero Zama no se interesa realmente por la progresión clásica del relato. La película se construye desde la dilación, desde el estancamiento, desde la frustración constante. Cada día que pasa es una repetición mínima del anterior, y en esa repetición se va erosionando la identidad del protagonista. Martel convierte la burocracia, el tiempo y la distancia en fuerzas opresivas, casi metafísicas.
La dirección es absolutamente magistral. Martel trabaja con una conciencia total del encuadre y del fuera de campo, haciendo que el mundo parezca siempre más grande, más caótico y más hostil de lo que vemos. La cámara observa, pero nunca se vuelve cómoda; se mantiene ligeramente desalineada, inquieta, como si algo siempre estuviera fuera de lugar. Esta decisión formal refuerza la sensación de desajuste permanente que vive Zama. El espectador no solo entiende su incomodidad: la comparte.
La cinematografía es hipnótica y profundamente singular. Lejos de cualquier exotismo colonial tradicional, Zama presenta paisajes opresivos, cuerpos sudorosos, colores terrosos que parecen absorber la energía vital. La luz es dura, a veces incómoda, y los encuadres evitan la grandilocuencia para centrarse en lo absurdo y lo degradado. Hay planos que se sienten casi táctiles, donde el calor, el polvo y la humedad parecen atravesar la pantalla. Es una fotografía que no embellece: revela.
Uno de los aspectos más brillantes de la película es su diseño sonoro, que funciona como una segunda capa narrativa. Voces que llegan desde fuera de cuadro, ruidos de animales, murmullos, sonidos naturales que irrumpen constantemente y desestabilizan la escena. Martel utiliza el sonido como herramienta de desorientación, reforzando la idea de un mundo que nunca termina de volverse comprensible ni controlable. El protagonista está rodeado de vida, pero completamente aislado.
La actuación de Daniel Giménez Cacho es extraordinaria. Su Zama es orgulloso, patético, tenso, cada vez más quebrado. La película registra con una precisión dolorosa su degradación física y espiritual. No hay grandes explosiones emocionales; hay una acumulación lenta de humillación, de espera inútil, de deseo frustrado. El cuerpo del actor se convierte en el verdadero campo de batalla del film.
Desde una perspectiva filosófica, Zama es una reflexión profunda sobre el colonialismo, la identidad y la ilusión de control. Martel desmonta la fantasía del poder imperial mostrando su costado más ridículo y cruel. Zama cree pertenecer a un sistema que lo ha olvidado por completo. Su espera no es solo administrativa: es existencial. La película sugiere que el poder colonial no solo oprime a los otros, sino que también devora a quienes creen ejercerlo.
Zama es una película de una valentía artística enorme. No busca agradar, no explica, no acelera. Exige atención, paciencia y sensibilidad. A cambio, ofrece una de las experiencias más ricas, inquietantes y profundamente cinematográficas del cine reciente. Es una obra que confirma a Lucrecia Martel como una autora fundamental, capaz de transformar la historia, el tiempo y el cuerpo en materia puramente cinematográfica.