The Decameron, de Pier Paolo Pasolini, es una película que sorprende por la libertad con la que se mueve entre lo popular, lo corporal y lo poético. Pasolini toma el texto de Giovanni Boccaccio y no lo trata como una pieza literaria que haya que “respetar” de forma solemne, sino como un campo abierto para filmar el deseo, la picardía, la crueldad, la ingenuidad y la vitalidad humana con una energía muy particular.
Lo primero que se siente es que la película respira vida. Hay algo muy físico en su mundo: los cuerpos, los pueblos, la tierra, los gestos, las miradas. Pasolini filma todo con una cercanía que no busca elegancia vacía, sino una especie de verdad elemental. La gente se ríe, engaña, desea, miente, sobrevive; y la película encuentra belleza justamente en esa mezcla de fealdad, humor y humanidad. Esa es una de sus mayores virtudes: no idealiza nada, pero tampoco desprecia a nadie.
Visualmente, la película es mucho más rica de lo que a veces se dice. Pasolini compone imágenes con una claridad impresionante, usando espacios abiertos, arquitectura antigua, rostros no profesionales y escenarios que parecen sacados de una Italia arcaica y viva al mismo tiempo. Hay una cualidad casi pictórica en muchos planos, pero sin rigidez museística. Todo está en movimiento, todo parece parte de un mundo que todavía no ha sido domesticado por la modernidad.
También hay algo muy fuerte en el tono. The Decameron puede ser obscena, burlona, tierna o amarga en cuestión de minutos, pero nunca pierde una identidad clara. Pasolini entiende el humor como algo profundamente humano, incluso cuando es vulgar o cruel. La película se permite reírse de la Iglesia, de la autoridad, del deseo y de la hipocresía social sin volverse superficial. Al contrario, ese tono juguetón es justamente lo que le da filo.
Lo interesante es que, detrás de esa aparente ligereza, hay una mirada muy seria sobre la condición humana. Pasolini no está simplemente contando anécdotas picarescas: está mostrando un mundo donde el cuerpo, el dinero, la religión y la supervivencia están entrelazados todo el tiempo. Y lo hace con una libertad formal que se siente refrescante.
La película también tiene una cadencia muy particular. No avanza como un relato único, sino como una sucesión de episodios que van ampliando el universo de la obra. Esa estructura fragmentaria le viene muy bien, porque le da variedad sin perder unidad. Cada episodio tiene su propio tono, pero todos comparten esa misma energía vital.
En conjunto, The Decameron es una obra muy viva, muy libre y muy segura de sí misma. Tiene una sensualidad y una irreverencia que la hacen destacar muchísimo dentro del cine de Pasolini. Y aunque su tono pueda parecer desordenado o caprichoso, en realidad hay una gran precisión detrás de todo eso. Es una película que celebra la vida en sus formas más terrenales, y lo hace con una convicción que la vuelve realmente especial.
The Decameron, de Pier Paolo Pasolini, es una película que sorprende por la libertad con la que se mueve entre lo popular, lo corporal y lo poético. Pasolini toma el texto de Giovanni Boccaccio y no lo trata como una pieza literaria que haya que “respetar” de forma solemne, sino como un campo abierto para filmar el deseo, la picardía, la crueldad, la ingenuidad y la vitalidad humana con una energía muy particular.
Lo primero que se siente es que la película respira vida. Hay algo muy físico en su mundo: los cuerpos, los pueblos, la tierra, los gestos, las miradas. Pasolini filma todo con una cercanía que no busca elegancia vacía, sino una especie de verdad elemental. La gente se ríe, engaña, desea, miente, sobrevive; y la película encuentra belleza justamente en esa mezcla de fealdad, humor y humanidad. Esa es una de sus mayores virtudes: no idealiza nada, pero tampoco desprecia a nadie.
Visualmente, la película es mucho más rica de lo que a veces se dice. Pasolini compone imágenes con una claridad impresionante, usando espacios abiertos, arquitectura antigua, rostros no profesionales y escenarios que parecen sacados de una Italia arcaica y viva al mismo tiempo. Hay una cualidad casi pictórica en muchos planos, pero sin rigidez museística. Todo está en movimiento, todo parece parte de un mundo que todavía no ha sido domesticado por la modernidad.
También hay algo muy fuerte en el tono. The Decameron puede ser obscena, burlona, tierna o amarga en cuestión de minutos, pero nunca pierde una identidad clara. Pasolini entiende el humor como algo profundamente humano, incluso cuando es vulgar o cruel. La película se permite reírse de la Iglesia, de la autoridad, del deseo y de la hipocresía social sin volverse superficial. Al contrario, ese tono juguetón es justamente lo que le da filo.
Lo interesante es que, detrás de esa aparente ligereza, hay una mirada muy seria sobre la condición humana. Pasolini no está simplemente contando anécdotas picarescas: está mostrando un mundo donde el cuerpo, el dinero, la religión y la supervivencia están entrelazados todo el tiempo. Y lo hace con una libertad formal que se siente refrescante.
La película también tiene una cadencia muy particular. No avanza como un relato único, sino como una sucesión de episodios que van ampliando el universo de la obra. Esa estructura fragmentaria le viene muy bien, porque le da variedad sin perder unidad. Cada episodio tiene su propio tono, pero todos comparten esa misma energía vital.
En conjunto, The Decameron es una obra muy viva, muy libre y muy segura de sí misma. Tiene una sensualidad y una irreverencia que la hacen destacar muchísimo dentro del cine de Pasolini. Y aunque su tono pueda parecer desordenado o caprichoso, en realidad hay una gran precisión detrás de todo eso. Es una película que celebra la vida en sus formas más terrenales, y lo hace con una convicción que la vuelve realmente especial.