No me creo que la primera película que veo en la que se utiliza la palabra “
charca” —y encima como punto central de la trama— sea una película japonesa.
We Couldn’t Become Adults es una película preciosa, con un tono melancólico muy marcado, que sigue a Satō, un hombre de 46 años que, tras recibir una solicitud online de amistad de un antiguo amor, comienza un viaje emocional al pasado. A partir de ahí, la película reconstruye su vida, sus decisiones y, sobre todo, la relación que definió quién es hoy.
Puede recordar a
Peppermint Candy (1999), ya que utiliza una narrativa inversa, empieza en el presente y va retrocediendo poco a poco en el tiempo.
Mirai Moriyama hace una interpretación impecable de Satō, un hombre deprimido y atrapado en el pasado por una relación —puede que no la primera, pero sí la más importante— que nunca consiguió superar. Ella repetía constantemente que odiaba lo ordinario, y desde ese momento Satō empieza a moldearse a sí mismo. Cuando la relación se rompe, él se queda detenido en ese punto exacto del tiempo. Incapaz de convertirse en ese hombre que imaginó, pero también incapaz de volver a ser quien era. A partir de ahí, ya no consigue vivir. Permanece atrapado en un ideal que nunca alcanza, y ese fracaso constante lo va vaciando, empujándolo a una depresión silenciosa hecha de nostalgia. Solo al final empieza por primera vez a soltarse del pasado y a convertirse, por fin, en adulto.
No hay nada de malo en ser ordinario.
No hay nada de malo en ser extraordinario.
Lo trágico es no ser nadie.
Lo hermoso sería, quizá, empezar a ser uno mismo.