Liminal reúne a Manuela de Laborde, Lav Diaz, Óscar Enríquez y Philippe Grandrieux, y se siente mucho más como un cruce de sensibilidades bastante marcadas que como una obra que busca una unidad total. Cada uno trabaja esa idea de lo “liminal” —lo intermedio, lo inestable, lo que no termina de definirse— desde su propio lenguaje, y eso hace que la experiencia sea cambiante todo el tiempo.
Hay momentos donde esa diversidad juega muy a favor. El segmento de Lav Diaz aporta esa relación tan particular con el tiempo: planos extendidos, una sensación de suspensión donde lo importante no es lo que pasa sino cómo se percibe. Grandrieux, en cambio, empuja hacia algo más físico, más sensorial; su cine siempre tiene esa cualidad casi táctil, donde la imagen se vuelve intensa, incluso incómoda. Ahí la película encuentra algunos de sus momentos más potentes.
Manuela de Laborde introduce una sensibilidad más delicada, más ligada a lo perceptivo y a lo íntimo, mientras que Óscar Enríquez se mueve en un registro más experimental, aunque por momentos menos definido en comparación con los otros.
El tema es que esa mezcla no siempre termina de encajar. Hay fragmentos que realmente logran construir una atmósfera interesante, donde la idea de lo liminal se siente viva, casi palpable. Pero también hay otros que se quedan más en la superficie, donde la propuesta se percibe más como una intención que como una experiencia completamente lograda.
Visualmente, la película tiene momentos fuertes. Sobre todo cuando deja que la imagen respire, cuando se apoya en texturas, en sombras, en cuerpos que ocupan el espacio de manera ambigua. Pero esa potencia no es constante. Depende mucho del segmento, del director, del enfoque.
El ritmo también varía bastante. Hay pasajes que funcionan desde la contemplación, donde el tiempo se diluye de forma interesante, y otros donde esa misma lentitud se vuelve más difícil de sostener. Esa irregularidad hace que la película nunca termine de asentarse del todo.
Al final, Liminal se siente como un experimento colectivo con ideas interesantes, pero con resultados desiguales. Tiene momentos que realmente destacan, sobre todo cuando las distintas miradas encuentran un punto de intensidad visual o sensorial. Pero como conjunto, no termina de construir una experiencia completamente consistente.
Aun así, dentro de esa fragmentación, hay algo valioso: la posibilidad de ver cómo distintos cineastas interpretan una misma idea desde lugares muy distintos. Y aunque no todo tenga el mismo peso, hay suficiente personalidad en el conjunto como para que la película mantenga cierto interés.
Liminal reúne a Manuela de Laborde, Lav Diaz, Óscar Enríquez y Philippe Grandrieux, y se siente mucho más como un cruce de sensibilidades bastante marcadas que como una obra que busca una unidad total. Cada uno trabaja esa idea de lo “liminal” —lo intermedio, lo inestable, lo que no termina de definirse— desde su propio lenguaje, y eso hace que la experiencia sea cambiante todo el tiempo.
Hay momentos donde esa diversidad juega muy a favor. El segmento de Lav Diaz aporta esa relación tan particular con el tiempo: planos extendidos, una sensación de suspensión donde lo importante no es lo que pasa sino cómo se percibe. Grandrieux, en cambio, empuja hacia algo más físico, más sensorial; su cine siempre tiene esa cualidad casi táctil, donde la imagen se vuelve intensa, incluso incómoda. Ahí la película encuentra algunos de sus momentos más potentes.
Manuela de Laborde introduce una sensibilidad más delicada, más ligada a lo perceptivo y a lo íntimo, mientras que Óscar Enríquez se mueve en un registro más experimental, aunque por momentos menos definido en comparación con los otros.
El tema es que esa mezcla no siempre termina de encajar. Hay fragmentos que realmente logran construir una atmósfera interesante, donde la idea de lo liminal se siente viva, casi palpable. Pero también hay otros que se quedan más en la superficie, donde la propuesta se percibe más como una intención que como una experiencia completamente lograda.
Visualmente, la película tiene momentos fuertes. Sobre todo cuando deja que la imagen respire, cuando se apoya en texturas, en sombras, en cuerpos que ocupan el espacio de manera ambigua. Pero esa potencia no es constante. Depende mucho del segmento, del director, del enfoque.
El ritmo también varía bastante. Hay pasajes que funcionan desde la contemplación, donde el tiempo se diluye de forma interesante, y otros donde esa misma lentitud se vuelve más difícil de sostener. Esa irregularidad hace que la película nunca termine de asentarse del todo.
Al final, Liminal se siente como un experimento colectivo con ideas interesantes, pero con resultados desiguales. Tiene momentos que realmente destacan, sobre todo cuando las distintas miradas encuentran un punto de intensidad visual o sensorial. Pero como conjunto, no termina de construir una experiencia completamente consistente.
Aun así, dentro de esa fragmentación, hay algo valioso: la posibilidad de ver cómo distintos cineastas interpretan una misma idea desde lugares muy distintos. Y aunque no todo tenga el mismo peso, hay suficiente personalidad en el conjunto como para que la película mantenga cierto interés.